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RESPUESTAS A LA PREGUNTA: ¿MALTRATO A LA NATURALEZA?

¿Por qué el hombre no se convence de que tiene que pagar, más temprano que tarde, el maltrato que dé a la naturaleza?

Estimado Hernán:
Con el gusto y afecto que acostumbro, le hago llegar este breve artículo de colaboración para El Correo de la Ética con motivo de su pregunta para esta semana sobre la inconsciencia del ser humano frente al maltrato a la naturaleza.

UNA PEROGRULLADA: STULTORUM INFINITUS EST NUMERUS

Carlos Eduardo de Jesús Sierra Cuartas
Profesor Asociado, Universidad Nacional de Colombia
Magíster en Educación Superior, Pontificia Universidad Javeriana

En lo fundamental, si hay algo siempre presente a lo largo de la Historia es la sempiterna estupidez humana. En un lúcido ensayo al respecto, titulado Las leyes de la estupidez humana, el historiador Carlo Cipolla menciona una curiosa investigación llevada a cabo en diversas universidades norteamericanas de diversa índole (públicas, privadas, laicas, confesionales, etcétera). En lo fundamental, dicha investigación perseguía determinar la proporción de personas estúpidas en cada segmento de la población universitaria. Para sorpresa de los investigadores respectivos, la proporción fue la misma desde los empleados más humildes (como los vigilantes y quienes hacen el aseo) hasta los más encumbrados académicos (incluidos aquellos galardonados con el Premio Nobel). En suma, la educación no sirve para neutralizar la estupidez humana. Y, por supuesto, por aquí en Colombia no vamos a encontrar la excepción para tan terrible regla. En casi cuatro décadas de experiencia universitaria, no he dejado de acopiar más y más evidencia a favor de lo señalado por Carlo Cipolla. Por así decirlo, para poder dar con alguien bien lúcido y sensato en este país, es menester proceder a la manera de Diógenes de Sinope: realizar la búsqueda correspondiente a plena luz del día equipados con una buena linterna de tan siquiera un millón de lúmenes.
Y si hay un tema que muestra a las claras la estupidez humana es lo tocante a la crisis ambiental, que está inscrita a su vez en una crisis civilizatoria de alcance global, fruto de un manejo altamente irresponsable del enorme poder que la tecnociencia le ha dado al ser humano. He aquí un tema sobre el cual he procurado aportar, desde la Bioética global, con múltiples realizaciones entre conferencias, artículos y capítulos de libros, amén de mis clases en Universidad, experiencia que me ha demostrado con creces que son más bien pocas las personas que prestan atención al respecto y mutan su cosmovisión. De resto, la gran mayoría procede con suma insensatez según el síndrome del Titanic, esto es, se comportan como si la fiesta pudiese continuar, incluidos quienes cuentan con formación universitaria. No es un fenómeno restringido en exclusiva a los sectores populares, ágrafos e incultos, como bien lo refleja, entre otros documentos, la lúcida carta encíclica del Papa Francisco titulada Laudati Si’.
¿Qué sucede en el fondo? En lo esencial, para entender la problemática propia de la crisis ambiental y civilizatoria es menester contar con una visión sistémica, comprehensiva y compleja en la que el ser humano es parte de la trama de la vida, es decir, las mentes especialistas solo sirven para tres cosas a este respecto: para nada, para nada y para nada. Y, por desgracia, los obsoletos sistemas educativos en boga, triste recuerdo de edades bárbaras, aún persisten con tozudez en formar en sintonía con absurdos currículos de índole especialista las más de las veces. Así, las personas no adquieren visión de conjunto. No les cabe el planeta en sus cabezas. Para colmo de ironías, casi todo el mundo en los departamentos universitarios y las divisiones empresariales adolece de este horrible mal. Y, si esto les pasa a quienes cuentan con educación dizque superior, lo cual incluye a gobernantes y dirigentes empresariales, qué no decir de los sectores sociales ágrafos e incultos, máxime cuando no leen ni la prensa. En resumen, no hay de donde hacer un caldo. Entretanto, la humanidad, inmersa en el síndrome del Titanic, va camino del matadero. Y, si acaso pasase por aquí una nave alienígena buscando vida inteligente, no le quedaría más remedio que seguir de largo. Triste, pero cierto. De este modo, se impone con tozudez aquello de que el sentido común es el menos común de los sentidos.
Un saludo cordial.
Carlos Eduardo de Jesús Sierra Cuartas.


¿Por qué el hombre no se convence de que tiene que pagar, más temprano que tarde, el maltrato que dé a la naturaleza?

Por la misma razón que no piensa que haciendo el mal, tarde que temprano se paga, como pedir valores con la naturaleza cuando ni siquiera con su propia naturaleza humana se conduele.
Como creer que se es persona porque alimenta mejor a un perro que a su propio hijo, o que se duele más por la enfermedad de un animal que de su propia esposa o esposo, que quiera que el animal sea más persona que su propia realidad humana.
Se considerará la naturaleza como un valor a cuidar cuando su naturaleza humana sea valorada querida y respetada.
Juan Carlos Gaviria Hincapié